23 de febrero de 1949: nace César Aira
El 23 de febrero de 1949, en Coronel Pringles, nació César Aira, uno de los más destacados y prolíficos escritores de la Argentina.
El 23 de febrero de 1949, en Coronel Pringles, nació César Aira, uno de los más destacados y prolíficos escritores de la Argentina.
Con más de ciento veinte libros publicados, traducidos y editados en más de treinta países de Latinoamérica y de Europa, ganó numerosos premios, becas y distinciones entre los que se destacan la Beca Guggenheim (1996), el premio Roger Caillois (2014), el Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas (2016), el Prix Formentor (2021) y en los últimos años es considerado uno de los candidatos más firmes al Nobel de Literatura. Aunque a raíz de este reconocimiento internacional adquirió una inevitable visibilidad pública, durante gran parte de su carrera su indetenible producción fue inversamente proporcional a su imagen mediática. Evasivo y enigmático, hasta la década de los noventa la desaparición supo ser una de sus principales características. Como dijo Thomás Abraham en alguna oportunidad, “junto a Laiseca, Peyceré y Zelarayán, era parte de un submundo de las letras que brillaba en la oscuridad”. Cuando el pasado fue saliendo a la luz se supo que Aira y el poeta Arturo Carrera –un año mayor que él y también pringlense– eran amigos desde la escuela secundaria. No compartieron curso, pero sí intereses, expectativas y numerosos proyectos. Recordando su iniciación literaria en ese pueblo de provincia, Aira declaró en una entrevista: “leía mucho, y era gracias a la lectura que podía escribir y pensar, imaginar, salirme con la mía, tener buenas notas sin estudiar, todo. Era una actividad mágica, me daba poderes”. En esas primeras lecturas se forjó una alianza entre infancia y creación que sus novelas registran al adoptar el modelo de invención de los más chicos. Aunque, retrospectivamente, el autor se ha preguntado si tal vez no buscó un tono faux naïf o infantiloide como reacción a la exhibición de virilidad responsable, característica de escritores como David Viñas. Una declaración incisiva que refleja el carácter polémico con el que Aira confrontaba a sus pares. En 1967 Aira y Carrera se mudaron a Buenos Aires para estudiar Derecho uno, y Medicina, el otro, carreras de las que desertaron, seducidos por las sirenas literarias. Aira se estableció en el barrio de Flores –donde continúa viviendo desde entonces– y un año después fundó, junto a Carrera, la mítica revista El cielo, de la que aparecieron tres números entre 1968 y 1969. Heterogénea y plural, El cielo fue impulsada por Alejandra Pizarnik, ya renombrada y mentora de sus jóvenes amigos. Según sus dos directores, la poética de Pizarnik gobierna el principio constructivo, discursivo y formal de la publicación y da cuenta de una concepción de una escritura vinculada a la intervención en el sentido que las artes plásticas le dan al término: como una acción que modifica el espacio en el que se produce, transformándolo material y conceptualmente.
La Sala del Tesoro de la Biblioteca Nacional conserva recortes del primer número de la revista con anotaciones manuscritas de Pizarnik en el fondo de la poeta. Disparatadas e ingeniosas, las ficciones de Aira desafían las clásicas categorías de clasificación para participar de cierta inflexión particular del realismo que la crítica ha llamado “realismo delirante”. Un género curioso en el que los procedimientos representativos no copian la naturaleza, sino que mantienen con ella una relación de ósmosis. En sus historias, que el mismo Aira definió como “cuentos de hadas dadaístas” o “juguetes literarios para adultos”, la excentricidad se mezcla con la erudición y la narración se funde con la teoría. Convencido de que el realismo decimonónico agotó el género llevándolo a una insuperable perfección, Aira sostiene que sus escritos tienen apenas la cáscara de la novela; debajo se esconde otro tipo de experimentación filosófica con el lenguaje y la invención. Son “novelas” autorreflexivas que indagan sobre los fundamentos mismos de la representación insistiendo en una máxima ya presente desde la época de El cielo: la repetición del relato engendra lo nuevo. La fórmula consiste en crear universos desopilantes con elementos fantásticos o sobrenaturales –esquirlas del surrealismo argentino de los años sesenta en el que Aira se formó pero cuya puesta en escena se construye según una lógica hiperrealista. Las posiciones teóricas y las reflexiones críticas que Aira sostuvo a lo largo de los años aparecen delineadas con nitidez en los prólogos e introducciones que produjo y en el conjunto de ensayos que ha publicado desde fines de los ochenta. Además de reivindicar la obra de Alejandra Pizarnik, Copi y Edward Lear, contribuyó a reeditar y dar a conocer a su amigo Osvaldo Lamborghini. Recientemente compilados para facilidad de los lectores, esos ensayos exponen su original método de análisis, que ilumina también su propia literatura. Erudito en literatura –especialmente francesa– y políglota, gran parte de su vida recurrió a la traducción como modo de subsistencia. Tradujo a Antoine de Saint Exupéry, Jan Potocki, Jane Austen, Raymond Chandler, Donna W. Cross, Brian W. Aldiss, Stephen King, Art Spiegelman y a Franz Kafka, entre otros. En 1994 recibió el Diploma al Mérito de los Premios Konex a las Letras por su labor como traductor.
Además de sus novelas, en la Biblioteca Nacional puede consultarse el Diccionario de autores latinoamericanos (2001), obra singular y ambiciosa que reúne breves biografías y reseñas críticas de numerosos escritores de todo el continente, desde la época colonial hasta finales del siglo XX.